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KIN-DZA-DZA! (1986)

Ficha técnica

Nacionalidad: URSS
Productora: Mosfilm
Director: Georgiy Daneliya
Guion: Georgiy Daneliya y Revaz Gabriadze
Dirección de fotografía: Pavel Lebeshev
Efectos especiales: Sergei Khramtsov y Vladimir Nemish
Música: Giya Kancheli
Intérpretes: Stanislav Lyubshin (Vladimir Nikolaevich Mashkov - 'Tío Vova'), Evgeniy Leonov (Wef – el cantante errante chatlaniano), Yuriy Yakovlev (Bee - el cantante errante patsak), Levan Gabriadze (Gedevan Alexandrovich Alexidze - 'violinista')
Duración: 135 m.

En su propia configuración geopolítica, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas resultaba ser un conglomerado de nacionalidades y etnias reunidas artificialmente bajo el paraguas ideológico del marxismo. Sus fronteras físicas se fueron configurando a través de distintos avatares históricos (fundamentalmente guerras: la civil posterior a la Revolución de 1917 y la II Guerra Mundial), pero sus límites «espirituales» abarcaban al planeta entero (y, si se conociese vida en otros lugares del universo, sus confines serían galácticos, sin ninguna duda), pues el comunismo es un modelo sociopolítico de carácter universal y, por lo tanto, expansivo: colonizar a todos los seres humanos de la Tierra para unificarlos en una sola identidad. Este carácter propagador no solo tuvo como resultado la fundación de la propia URSS, sino la creación de todo un arsenal de países satélites en Europa (el conocido como Pacto de Varsovia), África, Asia y América, que contaban con apoyo militar y político para iniciar sus propias revoluciones y, sobre todo, perpetuarse en el poder una vez conseguido este.

Como consecuencia de todo ello, el socialismo soviético se fue ampliando progresivamente más allá de su inicial carácter eslavo, abrazando paulatinamente seres de distintas razas y etnias con sus respectivos idiomas y culturas. Poco a poco, lel comunismo fue adquiriendo conciencia de su naturaleza mutante, entablándose un serio debate en su seno: imponer la unificación o abrazar un relativismo cultural que se adaptase a las diferencias sociales allí donde se posase. Un debate en absoluto baladí, pues enfrentaba en el seno ideológico del socialismo a los partidarios del dogmatismo marxista frente a aquellos que pretendían renovar la doctrina, actualizando a Marx para las necesidades del mundo del siglo XX: ir más allá del proletariado industrial para librar del yugo del capitalismo y la explotación a otros sectores sociales que lo necesitasen.

Admitir y entender esta diversidad parecía el camino a seguir, y la ciencia ficción se hizo eco de ello. Trasplantar a dos ciudadanos soviéticos a un mundo nuevo y complejo es el formato por el que opta el filme Kin-dza-dza! para mostrar la complejidad del proceso de auscultación cultural en un entorno desconocido, con sus propias normas sociales e, incluso, con su propio idioma, elemento privilegiado para poder desentrañar las relaciones políticas, sociales y culturales en la que se basa cualquier organización humana. La importancia de su decodificación resulta fundamental para facilitar el inicial contacto y el posterior establecimiento de relaciones que permitan al visitante, al forastero, al extranjero su integración. En esta situación se encuentran los dos protagonistas «humanos» (o, mejor dicho, «terrícolas», pues todos los seres que se encuentran en su periplo tienen apariencia humana) al entablar relaciones con dos individuos salidos de una extraña cápsula voladora en medio del desierto, pues en un principio lo único que sale de sus bocas es la sílaba «Ku», que parecen utilizar para nombrar y expresar todo aquello que les rodea.

La confusión no durará mucho, pues al poco esos personajes comenzarán a hablar un perfecto ruso, liberando a los protagonistas (y, con ellos, al propio espectador) de alargar innecesariamente de una aventura poco menos que incomprensible. Sin embargo, la utilización de extraños vocablos y expresiones, a la que poco a poco nos iremos acostumbrando, introduce ese aspecto de desconcierto que supone el encuentro con una cultura diferente, y del inicial juicio severo que hacen los personajes principales sobre la sociedad en la que acaban de aterrizar (usan con normalidad términos como «racismo» o «injusticia» para valorar aquello que ven) pasan paulatinamente a integrarse en el modelo sociopolítico que parece impuesto, adaptando tanto la nomenclatura que resulta tan novedosa para ellos como las costumbres culturales impuestas (por poner un ejemplo, la utilización de la música o las cerillas como moneda de cambio).

La metodología basada en el acierto y el error les dará la pauta necesaria no solo para adaptarse, sino para conseguir su objetivo final: poder regresar a su planeta de origen. El estudio intuitivo de las normas sociales, políticas y culturales de ese mundo ajeno a todo lo que conocen les permitirá iniciar una pequeña revuelta individual, un alzamiento con el que lograrán escapar de allí, pero sin poder modificar esa sociedad injusta en la que han aterrizado. Este aspecto, unido a la evidente estética cyberpunk que domina su producción, hacen de esta película un sobresaliente ejemplo del cine de ciencia ficción que predominaba a principios de los años ochenta, con George Miller, Ridley Scott y Luc Besson como máximos representantes. En todos ellos domina esa fatalidad que destacábamos, pues los protagonistas de sus películas, al igual que los héroes de Kin-dza-dza!, son incapaces de cambiar la hostilidad de los mundos que visitan o en los que viven. Un reflejo más que evidente de la pesadilla en la que estaba inmersa la URSS en su afán por controlar un país como Afganistán: diez años de conflicto y miles de bajas en sus fuerzas militares para cosntatar la imposibilidad de extender el marxismo en el mundo islámico. Los desiertos del planeta Pluke como reflejo de la aridez del territorio afgano, y unos habitantes (en ambos mundos) que no desean dar un vuelco a sus respectivas sociedades. El homo sovieticus había encontrado los límites de su expansión. El sueño de la unidad planetaria quedaba estéril. La crisis económica y política era más que evidente desde hacía tiempo. Apenas cinco años después, la URSS moría. Estaba cantado.

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